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La familia desde una perspectiva filosófica

La familia desde una perspectiva filosófica


Muy a pesar de lo portentosa de la tempestad lo cierto es que donde buscamos el refugio es en la casa, a la que cobija toda la intemperie.


Por Juan Carlos Bonilla Gutiérrez 

Con motivo del aniversario 44 de la muerte de Martin Heidegger se compartieron algunos fragmentos de su obra. Tal cifra no alcanzaría a juzgarse de lejana, aunque sí anticuada, como pueda parecer que yo mismo terminara conversando con un tío abuelo sobre aquella sentencia de que «todo lo grande está en medio de la tempestad».

De ésta no dejó de señalarme que el pensamiento del filósofo se había convertido en algo un tanto esotérico, queriendo acusar una excesiva especialización de orden metafísico.

No pude sino disentir parcialmente, alegando que con frecuencia la vigencia es un juicio que se da a malinterpretaciones, y que en todo caso hay en eso del construir, habitar y pensar una de las señas más interesantes acerca de la metafísica en su faceta lingüística.

Porque muy a pesar de lo portentosa de la tempestad lo cierto es que donde buscamos el refugio es en la casa, a la que cobija toda la intemperie.

No podía dejar de pensar en esto, y tanto más después que dos personas, una más cercana que la otra, me interpelasen esta última semana sobre un tópico como el de la familia, que no es cualquier cosa, y ciertamente la familia por cuestión fundamental merezca una forma especial de representación, dígase a la manera del mosaico.

Éstos, era la costumbre, se guardaban en las casas, y eran a la manera de recortes y collages de revistas con periódicos, y a su lado un álbum, donde la familia era una colección de retratos que la fotografía hizo evidente tardíamente.

Los cultos a la familia son antiguos; tan antiguos como el pensamiento sobre la técnica: todo esto relacionado con la casa, con el cultivar en derredor.

Cuando se dice familia es seguro que se diga algo sobre la más antigua agricultura, y no sólo porque esto pueda pasar por una certeza sobre los asentamientos y la geografía, sino porque el nomadismo resulta ser insoportable en ciertas circunstancias.

No obstante para nadie es tan fascinante una fotografía sino al viajero.

Tampoco causa algún asombroso que la Sagrada familia sea un lugar turístico, ni que aún sean populares los pesebres de diciembre.

Pero esto claramente no es lo que las figuras de la familia se verán forzadas frente a un ideal, y dado que se trata de una iconografía generosa la mejor forma de decirla quizá sea a través del relato corto.

La relación entre los cuentos y la familia es una afinidad recurrente, como es el caso del Fantasma de Canterville, donde la persistencia de aquel espíritu por la mancha de sangre no era en medida alguna arbitrario.

Para la familia burguesa nada puede ser más cómico que esa alusión frente a lo ominoso ocurra en la casa, pues el extrañamiento frente a lo familiar parece ser una exigencia de tipo turístico sobre la existencia.

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Claro está, acá lo que se hace patente la forma de la familia en su expresión de la preferencia por el tabú, que alguna vez fue en la imagen de la separación de los padres motivo de angustia para los más pequeños; y que a pesar de su normalización no dejará de ser por lo menos algo curioso.

Como la escogencia del motivo del mosaico sobre el árbol genealógico, que no podría entenderse por una preocupación de tipo estético, y sí un pronunciamiento sobre eso de asimilar familia con amigos, animales o soledad.

Porque dicha deconstrucción sería de tipo artificial, todo y que en el alegato de actualidad que pueda tener lo único que saque a la luz sea la obviedad de decir la historicidad de la familia. Con frecuencia esto se ha confundido en un embrollo semántico, que ha llevado a una adoración de la diversidad en la familia bajo la forma de un rasgamiento hermenéutico: la facilidad de decir y escribir a la familia como espectro amplísimo.

En una maqueta hecha no de colores sino de lápiz

Ahora bien, siendo justos, estas maneras no son en medida alguna perenes, como sí parece ser la imagen del habitar en las cercanías de una casa antigua, de esa palabra familiar que es el hogar.

De aquí que la patria no nos parezca hoy algo extraño, etc.

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